Información personal
Nombre y Apellido

Guillermo Hardwick

Seudónimo

GUILLERMO JARDUIC

Contenido biográfico
Biografía

Documentalista por naturaleza, recorrió no obstante diferentes roles dentro de la actividad audiovisual.

Su producción autoral abarca mayoritariamente el rubro Televisión para ciclos tan prestigiosos como “La Aventura del Hombre” en el que, durante doce años consecutivos, tuvo a su cargo el rol de coproductor-guionista.

Como autor, participó en recordados ciclos de Canal 13, tales como “Sebastián y su amigo el artista”, “Esta puede ser su historia”, “El show de Andrés Percivale”, “Televisión abierta”, “El mundo del Espectáculo”.

En teatro estrenó la comedia “Una noche de tres” y numerosos sketches para comedias musicales.

Como realizador, se destacan los Especiales de “Historias de la Argentina Secreta” de Roberto Vacca, la serie “Territorio” y el testimonial “H.O.M.E.L.E.S.S.” rodado en Londres y New York para SMART PRODUCTIONS.

Pero más allá de la actividad artística, Hardwick es un incansable “caminador de sueños y realidades” que explora, recorre, indaga continuamente los senderos del alma humana, en busca de sus pretéritas vivencias o sus inexorables destinos.

Premios

DISTINCIONES INTERNACIONALES

Festival Internacional de TV Nueva York – Documental “Orca”.
Ciclo La Aventura del hombre.
Feria de cine documental de Paris – Francia – Premio Especial Documental “Antartida, sexto continente” – Ciclo La Aventura del hombre.
Muestra de Cine y TV documental de Praga.
Documental “Paraná Hijo del Mar”- Ciclo La Aventura del hombre.

 

DISTINCIONES NACIONALES

Premio OMNA (Organización Mundial de las Naciones) a la Producción documental educativa
Premio Martin Fierro – Rubro Mejor Producción Documental – Ciclo La Aventura del Hombre
Premio Konex – Mejor Programa Documental Educativo – Ciclo La Aventura del Hombre
Premio “El niño y la televisión” – Rubro Documental Educativo – Ciclo La Aventura del Hombre
Premio Argentores 2011– Rubro Guión Documental – Ciclo País Paisaje – Canal 7

Trabajo
Teatro

“UNA NOCHE DE TRES” Comedia. Estrenada en la Sala El Gallo Azul, Rosario.

SKETCHES y PASOS DE COMEDIA.

Televisión

Para La Aventura del Hombre, Canal 13, a cargo de Guión y Producción:

“El sexto continente” Cap. I (Antártida-1990)
“El sexto continente” Cap. II (Antártida-1990)
“Orca” (Chubut-1982)
“Isla de los Estados” (Tierra del Fuego-1982)
“Isla Martín García” (1982)
“El sol negro patagónico” (Sta. Cruz-Tierra del Fuego-1989)
“El paraíso escondido” (Santa Cruz-1987)
“Nguillatún” (Río Negro-1984)
“El hombre y su medio” (Río Negro-1983)
“Recursos Naturales del Neuquén” (Neuquén-1984)
“San Luis y sus tradiciones” (San Luis-1985)
“El Cañón del Atuel” (Mza.-1987)
“La catedral del desierto” (Mza.-1988)
“Hacia las entrañas de la tierra” (Mza.-1989)
“Rescate al pasado” (San Juan-1992)
“Hacia el camino del Inca” (La Rioja-1985)
“Catamarca, cuna de culturas” (Catamarca-1984)
“Petróleo en la selva” (Salta-1984)
“Matacos” (Salta-1983)
“Casabindo” (Jujuy-1992)
“Viaje al olvido” (Formosa-1990)
“Quichua” (Sgo. del Estero-1989)
“Hacia los dueños de la tierra” (Misiones-1984)
“El mencho” (Ctes.-1985)
“Paraná, hijo del mar” (Ctes.-1985)
“Iberá” (Ctes.-1984)
“El Palmar de Colón” (Entre Ríos-1982)
“Buenos Aires y su tránsito” (1987)
“Después de la Radio” (1990)
“Vuelta a la vida” (1991)
“Islas Galápagos” (Ecuador-1983)
“Colorados” (Ecuador-1983)
“Al Sur de América” (Chile-1986)
“Macchu Picchu: Enigmas del pasado” (Perú-1986)
“El corazón de América” (Bolivia-1986)
“Camino al Mato Grosso” (Paraguay-Brasil-1988)

 

CICLOS EPECIALES:
Especial “30 años de la Televisión Argentina” Canal 13
Especial “Malvinas-Después de la guerra” Canal 13
Especiales “Historias de la Argentina Secreta”, Canal 7.

“El Eco Lógico, Canal 7. Documentales ambientalistas

“Proyecto de Vida”, Univ. de Belgrano. Ciclo de orientación de Carreras. Canal 7

Crea el ciclo de documentales  “Territorio”.
Especial: “Reunión Cumbre de Presidentes americanos”-Mar del Plata/2005. Canal 7
Especial: “La Noche de San Juan” San Juan – Argentina
Especial “La ruta del Diamante” Mendoza – Argentina
Especial “Iberá, aguas arriba” – Corrientes – Argentina
Especial “Homeless” Documental rodado en Londres, Washington y New York.
“De gira” – Canal 7. Ciclo documental de interés general
“Pais Paisaje” Canal 7. Serie documental

 

 

CONFERENCIAS
1992 Mendoza – 2do. Encuentro de Culturas Andinas. 5to Centenario
1993 Univ. Nac. de San Juan – Conferencia  El Documentalismo en TV
1995 New York – II Encuentro de Documentalistas Latinoamericanos
1997 Univ. de Palermo, Bs. As. – Conferencia: El documental interactivo
1999 Asoc. de Periodismo Científico: Bs. As. – Seminario: El documental cientifico
2000 México DF – II Reunión de AITED: Exposición: La Producción Documental Universitaria
2001: Univ. de Morón. Conferencia: El documental en crisis
Numerosas charlas, conferencias y participaciones durante jornadas académicas de la Facultad de Informática, Cs. de la Comunicación y Tec. Especiales.

 

ACTIVIDAD UNIVERSITARIA
Univ. de Belgrano: produce documentales para la Fac. de Estudios a Distancia.
Univ. de Morón – Cátedras: Narrativa televisiva, Teoria y Técnica de la Producción en Cine y TV, Teoria y Tecnica del documental, Labortorio de tratamiento de la imagen.
Universidad de Morón: Creación del Instituto de investigación Documental.
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Radio

“ORIGENES” . Radio Continental. Conducido por Guillermo Magrassi. Productor Ejecutivo

“UM EN EL AIRE” . Radio El Mundo. Ciclo de la Universidad de Morón. Productor Ejecutivo

“Diario de viaje”. Relatos documentales, programa “UM en el aire”, Radio El Mundo.

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UN RELATO
LA CUEVA AZUL

de Guillermo Hardwick

Comenzaba la primera semana de diciembre de 2009 cuando ultimábamos los aprontes del plan de filmación que habíamos proyectado en la provincia de Santa Cruz, en la zona de El Chaltén, a unos 3.000 kilómetros al sur de Buenos Aires.
Se trataba de un nuevo capítulo del programa País Paisaje que estábamos realizando con Roberto Vacca para Canal 7 de Buenos Aires.
De acuerdo al proyecto original, ya habíamos completado la mayoría de los circuitos previstos y quedaban pocos sitios para visitar. El capítulo sobre el Chaltén, precisamente, era uno de los últimos.
Lo singular de este viaje era que, inexplicablemente, por primera vez no tenía deseos de partir. No sabía exactamente a qué atribuirlo, pero era así. Lo cierto es que experimentaba una sensación extraña, como una especie de recelo, cada vez que comentaba detalles del trayecto o del plan de rodaje.
Los hechos demostrarían luego esta rara sensación premonitoria.
El presente relato intenta describir los pormenores del viaje a Santa Cruz.

* * *

Luego de un vuelo que nos resultó cansador, arribamos al aeropuerto de El Calafate donde nos esperaban para trasladarnos a la localidad de El Chaltén, a doscientos kilómetros al sur por la ruta 40. Allí estaríamos alojados para llevar a cabo el plan de producción que teníamos coordinado con los encargados del área de Turismo.
El pequeño poblado está enclavado al pie del cerro Fitz Roy (Chaltén en lengua Tehuelche) en un lugar maravilloso, rodeado de un panorama cordillerano increíble por la imponencia y belleza de sus montañas.
A nuestra llegada nos esperaba la delegación representativa del lugar a quienes les detallamos nuestros objetivos y en base al plan de tareas elaboramos en conjunto un cronograma de filmación.
Las primeras tomas consistieron en registrar las alternativas de una de las actividades más usuales de este centro turístico: el trekking de montaña. Con este fin, realizamos extensas caminatas por senderos encantados, magníficos puntos panorámicos, sorprendentes bosques de lengas, siempre custodiados por la mística imagen del monte Fitz Roy, el enigmático cerro que las leyendas Tehuelches describen como un sitio mágico, con un magnetismo propio de las cumbres de mayor dificultad de acceso, lo cual cautiva a montañistas de todo el mundo que llegan hasta aquí para conquistarlo.
Además, una de las particularidades de la zona son los glaciares que se asoman por detrás de los perfiles rocosos y decoran las cumbres con sus coronas de hielo. Uno de los más impactantes es el Glaciar Viedma que se desliza cuesta abajo entre el cerro Huemul y el cerro Campana y descarga sus bloques helados sobre las aguas del lago Viedma.
Este sería nuestro siguiente objetivo.

Recorrerlo constituiría una experiencia inolvidable no despojada de cierto riesgo por las características del lugar. Por ello, para esta travesía habíamos contactado a expertos guías de alta montaña que conocían muy bien la región.
Esa noche, durante la cena en el hotel, comentábamos con el grupo acerca de la importancia del glaciar Viedma desde nuestra mirada documental. Los secretos que escondía el ventisquero en sus magníficos perfiles de hielo serian una fiesta de luz y color. En pocas horas marcharíamos hacia él y para ello la consigna era clara: todas las baterías con carga y mucha concentración en el lugar.
La mañana siguiente pareció distinta, muy luminosa, ideal para el plan de trabajo que teníamos previsto para aquél día de filmación. La idea era aprovechar la excelente luz matinal para realizar una travesía sobre el glaciar y averiguar qué había de cierto acerca de una caverna de hielo donde el sol que se filtra forma azules únicos.
El vehículo que nos llevaría al embarcadero llegó temprano y con tiempo para cargar el equipo de filmación necesario para la extensa jornada que habíamos planificado. Durante el trayecto ajustamos algunas ideas sobre la forma de encarar el tema del glaciar y sus misterios. Realmente el tema nos parecía muy atractivo.
En el muelle, la embarcación ya esperaba nuestra llegada y la tripulación, muy cordial y activa, de inmediato se puso a disposición para facilitarnos la tarea. De hecho, el plan incluía registrar imágenes de todo el trayecto, desde la llegada al muelle con los detalles del equipo a bordo y luego el itinerario a través del lago hasta llegar a los colosales hielos del glaciar.
En poco menos de una hora estuvimos frente a la muralla blancoazulada del glaciar de la que, de improviso, se desprendieron algunos bloques que tronaron sobre el lago con el estruendo propio de la naturaleza desplegada en plenitud. Luego de completar varias tomas de sus colosales perfiles, desembarcamos en un promontorio lateral para iniciar el ascenso por los faldeos adyacentes del glaciar y así llegar a un buen punto de acceso, es decir, a un sitio donde las masas de hielo compactado fuesen firmes.
El inicio de la marcha fue difícil por lo escarpado del terreno, increíblemente erosionado por los hielos durante milenios. Orientados por nuestros guías, al cabo de una hora de trepada sin prisa pero sin pausa, llegamos a un sitio seguro. Allí los montañistas distribuyeron entre el grupo los grampones indispensables para desplazarse sobre el hielo y nos recordaron los movimientos básicos para caminar con ellos sobre las ondulaciones del glaciar (llevando el cuerpo hacia adelante en las subidas y en las bajadas el torso hacia atrás, flexionando las piernas).
Lo que siguió después, cuando iniciamos la travesía sobre los hielos, fue simplemente indescriptible. Ante nuestros ojos emergió un espectáculo único, increíble, donde los matices de azules y las formas caprichosas de los gigantes helados creaban un paisaje incomparable.
Nos abrumaba tanta belleza y nos conmovía hasta las lagrimas y a la vez nos producía un regocijo que arrancaba risas y bromas y todo se mezclaba con las voces propias de la operación técnica, donde los murmullos atónitos de asombro se interrumpían de pronto ante la voz que anunciaba “¡Silencio, grabando!”
A medida que avanzábamos con paso lento y titubeante, advertíamos enormes y profundas grietas que exhibían azules indescriptibles y sobre los paredones internos asomaban huecos formados por rocas que el glaciar arrastraba desde las cumbres luego de arrancarlos de los monumentales macizos de la cordillera.
Nuestros guías, conocedores del lugar, nos indicaban puntos de observación que significaban un regocijo para nuestros ojos y para la cámara y en todas direcciones encontrábamos inmejorables tomas que poco a poco conformaban un material de filmación óptimo.
Finalmente, al cabo de varias horas de trabajo, concluimos la etapa sobre el glaciar e iniciamos el camino de regreso. La jornada que ocupó toda esa mañana, a juzgar por la calidad y cantidad de material filmado, había sido muy provechosa. Sin embargo, nuestra tarea aun no había terminado. A pesar de la generosidad de ese sitio impregnado de intensa belleza, era indispensable revelar la incógnita que nos había llevado al lugar.
Antes de despojamos de los grampones preguntamos a nuestros acompañantes si sabían algo sobre una cueva en el glaciar donde el techo de hielo filtra la luz del día y produce un efecto de azules únicos.
Ante la consulta los guías sonrieron. Preguntamos qué era lo que les causaba gracia al tiempo que explicábamos la importancia de esas imágenes, necesarias para el final de la secuencia. Nos respondieron que en realidad les sorprendía la convicción del grupo de no regresar sin esas imágenes sin consultar si era posible llegar hasta allí. Estuvimos de acuerdo en que las imágenes justificaban cualquier sacrificio. Entonces, nos explicaron que la ruta de acceso era por la montaña y no por el glaciar y de inmediato nos pusimos en marcha.
Era cierto: había una cueva en el hielo donde el sol jugaba con los azules milenarios.
Para nuestra sorpresa, el trayecto no fue largo, ni difícil. En poco tiempo estuvimos frente a una enorme gruta donde el hielo había ocupado todos los espacios posibles. Y esa invasión glaciaria, cimentada durante miles de años, había construido una gran caverna formada por un callejón rocoso ¡y la cúpula de hielo macizo!
En honor a la verdad, desde afuera solo despertaba cierta llamativa curiosidad por la rareza de la formación. Sin embargo, cuando nos internamos unos metros, empapándonos al instante por el goteo permanente del hielo, no podíamos creer lo que teníamos ante nuestros ojos. Estábamos en el corazón del glaciar, en el interior de un mundo mágico que palpitaba en estruendos seculares y nos ofrecía uno de los espectáculos más sobrecogedores del planeta.
Apenas recuperados de la emoción, una nueva sorpresa: repentinamente unas nubes cubrieron el sol y la luz comenzó a cambiar dentro de la cueva; las tonalidades de azules multifacéticos mutaron de tono en tono, de matiz en matiz, generando un efecto de luminosidad tornasolada inimaginable, diferente, únicamente igual a si misma.
Enardecidos de entusiasmo, movilizados por la exaltación y el asombro, nos lanzamos hacia adentro y escuchamos el rumor de sonoros cursos de agua que recorrían las entrañas de hielo como una música. Y así como el sol jugueteaba en los azules de la caverna, el agua retozaba entre las venas de cristal componiendo una verdadera sinfonía de naturaleza y eternidad.
Diego, el camarógrafo, probaba encuadres desde todos los ángulos,  no perdía un segundo para describir cada rincón de la gruta. Finalmente, dimos por terminada la tarea. Era la media tarde y aun nos faltaba concluir la jornada de filmación en la localidad de El Chaltén. Por ello, con cierta prisa recogimos el equipamiento e iniciamos el regreso a la embarcación.
Pero esta vez la fatalidad nos esperaba en el camino. Apenas habían transcurrido unos pocos minutos de marcha, se produjo el accidente: al avanzar por un sitio de piedras sueltas, perdí el equilibrio y en la caída mi pie izquierdo se trabó en una saliente rocosa. Sentí en el pie un dolor indescriptible. Al intentar incorporarme advertí que el pie izquierdo estaba fuera de su posición, doblado en ángulo recto hacia afuera de la pierna. Con cuidado lo acomodé en su lugar, pero me di cuenta que no podría ponerme de pie. El resultado era evidente: me había fracturado el tobillo. Y a juzgar por el dolor intenso, la lesión era importante.
En la montaña cualquier percance, por insignificante que sea, se complica mucho. Ya sea por las características del relieve o por las condiciones climáticas muy variables (un día soleado y apacible puede transformarse en pocos minutos en una pesadilla por un repentino frente de tormenta), la gravedad de un accidente depende de las condiciones del lugar donde se produce. Además, en este caso desconocíamos el grado de compromiso de la fractura más allá de lo que yo mismo podía comunicar al grupo. Y si bien no evidenciaba dolores intensos, la pierna estaba inutilizada por completo.
Por ello, la prioridad era inmovilizarla rápidamente y tratar de salir de allí cuanto antes para trasladarme al poblado ya que necesitaría inmediata atención médica.
Con rapidez nuestros guías pusieron en marcha un operativo de rescate. Con la radio alertaron a un grupo de guías de alta montaña que afortunadamente se encontraban en la zona realizando prácticas de salvamento.
Fue así que en pocos minutos estuvieron con nosotros e inmovilizaron la pierna herida con una piqueta y unas cuerdas. Un rato después, llegó otro rescatista con una camilla para emergencias y entre los más entrenados organizaron el traslado.
Las condiciones del terreno, verdaderamente, no eran las mejores. Los montañistas habían decidido avanzar por la ruta más corta pero de mayor dificultad, lo cual obligaba al equipo de rescate a un esfuerzo máximo. Cada metro que avanzaban, la marcha resultaba menos sencilla. Desde la camilla los oía resoplar de cansancio. Escuchaba sus nombres, jadeando de agotamiento, en frases encogidas por el esfuerzo: ¡Dale, Pipa! ¡Cuidado Juan! ¡Fer…por acá! En varias oportunidades se corrió mucho peligro para sortear obstáculos difíciles y con frecuencia debían hacer paradas para recuperar fuerzas. Durante un instante pude ver a Diego y su cámara que estaba registrando las escenas del rescate. No sé si me vio, igual le sonreí un segundo mientras le mostraba el pulgar hacia arriba.
Desde mi atadura, en la camilla, pensaba: “Si un cuerpo inerte es difícil de transportar en terreno llano, en la montaña es prácticamente inmanejable.” A pesar de que estaba muy bien sujeto, cada movimiento de avance me sacudía con violencia. En realidad, sentía que todos sufríamos las penurias de los guías comprometidos en ese arduo rescate.
Precisamente, hubo una circunstancia casi fatal. Fue el momento en que estuvimos a punto de caer al vacío al sortear un desnivel peligroso.
Por un instante todos quedamos sin aliento, inmóviles y sobrecogidos.
Yo percibí la desesperación en sus voces ahogadas de angustia. Sentí el temblor de las manos que se crispaban en la camilla y advertí que el peligro nos jugaba una mala pasada. De improviso, la camilla se desniveló y mi cuerpo quedó casi en el vacío. Durante unos segundos experimenté el frío del riesgo extremo, sensación única que produce una situación límite. Hubo órdenes desesperadas, gritos de angustia, voces de zozobra… No obstante, el grupo pudo controlar la situación y avanzar sobre el obstáculo hasta superarlo, aunque no sin esfuerzo y desazón a la vez.
En realidad, fue un milagro no habernos precipitado todos al barranco. La destreza y la audacia heroica del grupo impidieron una caída fatídica.
Desde mi posición en la camilla de rescate pude observar de cerca sus acciones temerarias y sus gestos de increíble valor, los que quedaran para siempre en mi memoria.
Lo cierto es que el tiempo que llevó el camino de descenso nos pareció una eternidad. Solo cuando llegamos a la embarcación, todos pudimos respirar aliviados.
A nuestro regreso había un móvil en el embarcadero aguardando para trasladarme al puesto sanitario. Allí me hicieron los primeros estudios que efectivamente confirmaron la fractura.
Con la orden de atención lista, la ambulancia salió raudamente del puesto sanitario con destino al hospital de El Calafate. En ella viajaba acompañado por Gaby, nuestra productora turística y una enfermera.
El viaje hacia el Calafate es un recorrido de casi 200 kilómetros que el vehiculo devoró con voracidad de dinosaurio. De vez en cuando me incorporaba de la camilla para asomarme a la ventanilla y ver los magníficos horizontes patagónicos. Pero pronto debía acomodarme para no ser despedido de la camilla por la inercia que la ambulancia producía en cada curva del camino. En esos momentos tenía ganas de decirle al chofer que en realidad mi caso no revestía ninguna urgencia alarmante, que no era necesario tanto apuro. Pero reconocía a la vez que los conductores de ambulancias tienen el pie pesado.
En el hospital, un traumatólogo dio la indicación para una nueva placa radiográfica y la imagen determinó que se trataba de una fractura de peroné y que requería una solución quirúrgica. Además, debía usar en forma permanente por un periodo aproximado de sesenta días, una bota Walker y muletas. Por consiguiente, en tanto que la cirugía podría hacerse en unos días en Buenos Aires, Ariel y Gaby se ocuparon de conseguir los elementos indicados.
El paso siguiente, de acuerdo a la recomendación del especialista, era gestionar ante la línea aérea la autorización médica para regresar a Buenos Aires. Las compañías aéreas suelen tomar recaudos cuando viajan pasajeros con alguna patología aunque se trate de una simple fractura de tobillo. Exigen una certificación médica especial llamada Información Medica Standard para Transporte, emitida por el especialista que haya atendido el caso, la cual debe ser presentada en la empresa de vuelos para ser avalada por sus médicos auditores. Asimismo, solicitan como requisito obligatorio que una hora antes de la partida el paciente se aplique una dosis de anticoagulante para prevenir una eventual trombosis durante el viaje (que en vuelo puede ser mortal) por efecto de la despresurización del avión.
Ciertamente, estos requisitos impuestos por la compañía aérea, lejos de tranquilizarme, no hacían más que incrementar el temor a la hora de pensar en el regreso. Ignoro, en realidad, si esta sensación es común a aquellas personas que deben viajar acarreando algún problema físico, pero en mi caso puedo asegurar que no lograba controlar la aprensión de volar sabiendo que el riesgo de una trombosis me amenazaba, implacable.
El día del viaje de regreso a buenos Aires llegamos con tiempo al aeropuerto. Una vez que cumplimos con todos los trámites y requisitos administrativos, un operario de la terminal aérea me ubicó en una silla de ruedas, me condujo a la nave y las azafatas me situaron en el primer asiento (lugar que suele destinarse para madres con bebes o niños muy pequeños o para casos como el mío).
Durante el vuelo, todo el equipo disimulo la tensión ocasionada por mi estado. Si bien en el Aeropuerto del Calafate me habían aplicado la dosis de anticoagulante requerida, aun existía el riesgo de una complicación. Una de las azafatas cada vez que pasaba junto a mí se inclinaba para preguntarme si estaba bien, con mareos o algún otro malestar. Mis respuestas, afortunadamente, siempre fueron tranquilizantes. Estaba sereno y sin molestias.
Cuando la nave tocó suelo porteño, en Aeroparque se había dispuesto un operativo de traslado especial para pasajeros discapacitados. Una vez que descendieron los pasajeros, un operario  se acercó a mi asiento con una silla de ruedas para trasladarme a una grúa elevador. Era un monta carga que habitualmente se utiliza para transportar mercadería a las aeronaves. Allí, en una especie de corralito dentro de la cabina del elevador, ubicaron la silla de ruedas y así me trasladaron hasta el sector de las cintas transportadoras de equipaje, en la zona de desembarque.
Afuera, esperaba la camioneta del canal y el regreso a la vida urbana. Atrás había quedado la maravillosa experiencia de los glaciares, sus perfiles cristalinos, sus azules inolvidables.
Al día siguiente visité a un traumatólogo y tres días más tarde me colocaban una pequeña placa con cuatro tornillos para sostener con firmeza la fractura del peroné a los que, poco a poco, me fui acostumbrando.

Por cierto, las escenas del rescate tomadas por nuestro camarógrafo sirvieron para graficar la tarea valerosa, solidaria y muchas veces poco reconocida de los guías de montaña, como los rescatistas de El Chaltén, a quienes está dedicado este relato.
Sobre todo porque sin ellos… tal vez nunca hubiese podido contarlo.